Los fuegos artificiales son más bonitos justo antes de apagarse

Podríamos decir que siempre había sido una persona seria. Tenía 52 años y aún era una mujer guapa, de bonita figura, de esas que hacen volverse a los hombres.
Continuaba dando clases en la universidad además de su consulta por las tardes y, como casi cualquier mujer de su edad, llevaba la carga más importante de su casa.
Ese verano comenzó a ser más sincera. Empezó a opinar sin reservas de esto y aquello y al contrario de lo que había hecho el resto de su vida, no maquillaba lo que sentía. Hablaba de política con sus compañeros, de fútbol con sus hijos y de sexo con sus amigas. Era algo inaudito.
De la noche a la mañana comenzó a dar consejos sin pedírselos y a emitir juicios de una manera visceral. Ese verano comenzó a estar lejos de aquella mujer que había sido: templada, reflexiva y con dosis extra de sentido común. Era como si ella se hiciera cada día más pequeña y su álter ego más grande. 
Perdió de forma paulatina esa seriedad que le había caracterizado y se volvió graciosa. Bromeaba y se reía cada vez de forma más burlona. La sonrisa tímida dejó paso a las carcajadas y al revés que antaño, necesitaba ser el centro de atención allí a dónde iba. Quién la conocía se extrañaba y quien no la conocía quedaba prendado.
Comenzó a ser despistada. No le daba importancia a algunas cosas y según ella misma decía había decidido no recordar las cosas insignificantes, y dejar solo espacio en su cabeza para lo realmente importante.
En su casa estaban desorientados. Sus hijos se acostumbraron rápidamente a una madre menos estricta y su marido estaba fascinado. Era como si su mujer volviera a tener 16 años, cuando se conocieron. Fueron unos meses muy extraños, y a medida que pasaba el tiempo, lejos de acostumbrarse, estaban más desorientados.
En su trabajo dejó de ser metódica, ya no se organizaba y llegaba tarde. Perdió muchos pacientes en su consulta, pero sus alumnos estaban encantados. En Septiembre aprobó a todos.
Desarrolló un extraño gusto por el dulce. Desayunaba, comía, merendaba y cenaba chocolate.
Se convirtió en lo que nunca fue, un espíritu libre. Ya no vivía supeditada a su familia, su trabajo o esas normas sociales no escritas.Vivía como ella quería y era extrañamente feliz. Cuanto más feliz era, más desconcierto había a su alrededor.
Finalmente se quedó sin pacientes, la sancionaron en la universidad y no volvió a dar clase. Sus amigas de siempre parecían estar siempre ocupadas y rara vez la respondían las llamadas. Su hijos ese mismo Septiembre se fueron a estudiar fuera y la casa quedó más vacía. El resto del universo era mero observador de algo que no hubiera imaginado nadie jamás.
El 16 de Mayo su marido le dijo:
- Hoy hacemos treinta y seis años juntos.
Ella le miró desconcertada:
-Eso si es importante, para eso si debía tener espacio en mi cabeza, y sin embargo no lo recuerdo.
Esa misma semana fueron a un médico, y después a otro, y después a otro. Los dos últimos coincidieron con el diagnóstico: Enfermedad de Alzheimer.
Miró a su marido a los ojos:
-Creo, que a pesar de todo, mereció la pena.

3  :

etringita dijo...

Maldita vida.

Noelia Sáiz dijo...

Que bonita historia, aunque triste tambien :/

Noelia Sáiz dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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